Si Russell Crowe hubiera nacido en Euskadi, seguramente habría leído o escuchado alguna vez en su vida estos versos de Gabriel Celaya:
"Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse."
O si fuera español, como Javier Bardem, también es probable que conociera aquel disco de Paco Ibañez donde se canta el mismo poema. Un texto que deja en muy mal lugar a los neutrales, cuyo distanciamiento suele ocultarse tras subterfugios justificativos, especialmente cuando el precio de posicionarse puede ser una pérdida en taquilla. Crowe afirma que prefiere ser discreto, que está cansado de quienes usan la fama para mostrar su compromiso. Resulta sorprendente que una figura conocida por su lengua afilada —capaz de criticar abiertamente guiones y compañeros cuando tiene un micrófono delante— pida ahora discreción a quienes no soportan lo que califica como genocidio del gobierno sionista de Israel en Gaza.
Pero Russell Crowe no está solo en su apoyo a esa discreción selectiva. Sydney Sweeney encaja en ese patrón de famosa comprometida más con su carrera que con el mundo en el que habita. Sweeney protagoniza anuncios de pantalones que, en un país marcado por el racismo y la xenofobia, ensalzan como "chuopiguay" ser blanco, ario y de ojos azules. Y por ello cobra una buena suma. Son muchos los casos que evidencian cómo el mundo se divide, como decía el sabio Umberto Eco, entre apocalípticos e integrados. Russell Crowe, Sydney Sweeney y nuestra Rosalía pertenecerían a este último grupo, al de los integrados. No así el actor Javier Bardem o el diseñador español Miguel Adrover.
En un mundo de fast fashion y opiniones instantáneas, el diseñador Miguel Adrover ha elegido la vía más radical: la del vacío. Declinó un encargo lucrativo —vestir a Rosalía para su nuevo disco, Lux— para transformar su rechazo en un manifiesto. No fue un capricho creativo; fue un acto de ayuno ético. En la tradición del "artista del hambre" de Franz Kafka, Adrover intercambió el alimento del éxito comercial por la abstinencia de principios, exigiendo a una de las voces más poderosas del planeta que use su altavoz para algo más que canciones.
El rechazo como manifiesto
El episodio quedó documentado en redes sociales a través de capturas de pantalla de un correo del equipo de Rosalía, que buscaba retomar la conversación para un custom look destinado a septiembre. La respuesta del taller de Adrover fue escueta y definitiva: "Miguel no trabaja con ningún artista que no apoye públicamente a Palestina". El diseñador completó el mensaje con una declaración pública dirigida a la cantante: "El silencio es complicidad y más aún cuando tienes un gran altavoz que millones de personas escuchan... Tienes la responsabilidad de usar este poder para denunciar este genocidio". Adrover, ganador del Premio Nacional de Moda en 2018, aclaró que su postura no era un ataque personal ("Te admiro por todo tu talento"), sino una cuestión de conciencia. Con este gesto, situó en el centro del debate la responsabilidad de la celebridad en la era del espectáculo, una pregunta que resuena más allá de la alfombra roja.
Kafka en el taller: el artista frente al espectáculo
La figura de Kafka ilumina profundamente este gesto. En su relato Un artista del hambre, el protagonista es un ayunador profesional cuyo arte —la abstinencia extrema— deja de ser comprendido por un público que prefiere espectáculos más simples y feroces, como una pantera llena de vida. El artista se consume en su jaula, fiel a un principio que nadie valora ya. Su hambre no es física, sino metafísica: una búsqueda de significado que el mundo ha dejado de apreciar.
Adrover encarna esta parábola. Su negativa a "alimentarse" del contrato con Rosalía es un ayuno voluntario en el circo de la moda. Renuncia al reconocimiento, al dinero y a la visibilidad asociada a vestir a una superestrella global. ¿Por qué? Para sostener que el arte y la moda, en un mundo en crisis, no pueden ser territorios neutrales. Su jaula es su principio: no colaborar con quien, desde su gigantesca plataforma, guarda silencio sobre lo que él considera un genocidio en Gaza. Como el personaje de Kafka, se arriesga a ser sustituido por una "pantera" más dócil y menos incómoda, un diseñador que anteponga el negocio a la conciencia.
Más allá de Gaza: el contexto de un grito
El reclamo de Adrover a Rosalía, aunque centrado en Palestina, apunta a un malestar más amplio: un planeta en llamas. No es un aislamiento ético, sino una conexión de luchas. Su postura refleja una creciente exigencia hacia las figuras públicas para que tomen partido no solo sobre Gaza, sino sobre las oleadas de persecución a inmigrantes en países como EE.UU., Reino Unido, Francia o Italia, y sobre la guerra en Ucrania.
En varios de estos países, los gobiernos han intentado criminalizar o restringir las protestas en solidaridad con Gaza, equiparando la crítica a Israel con antisemitismo, una acusación que sofoca el debate y persigue la disidencia. Al exigirle a Rosalía que hable, Adrover también desafía este clima de censura creciente, sugiriendo que el silencio de los artistas consolida un orden donde las injusticias se normalizan.
Dos visiones del compromiso: el altavoz vs. la fundación
La respuesta de Rosalía, meses después, completó el cuadro. Reconoció que la situación "sí me dolió", pero defendió su forma de actuar: "Prefiero sacar adelante una fundación... antes que expresar opiniones rápidas en redes sociales". Para ella, el activismo efectivo puede ser privado, profundo y alejado del performance de las redes.
Este desencuentro expone la grieta contemporánea sobre el activismo público. Para Adrover, la magnitud de la plataforma conlleva una responsabilidad ineludible de denuncia. Para Rosalía, la eficacia y la autenticidad pueden residir en la acción concreta y discreta. Ambas posturas son legítimas, pero chocan frontalmente en un momento en que el gesto simbólico —o la ausencia de él— se ha politizado hasta el extremo.
¿Santidad o estrategia? La sombra de la notoriedad
Como toda figura pública que toma partido, Adrover no está libre de escepticismo. Algunas voces en la industria se preguntan si su gesto, coincidente con el estreno de un documental sobre su vida, busca notoriedad tanto como justicia. Su historial de declaraciones controvertidas —desde acusaciones de plagio hasta críticas a Anna Wintour— alimenta esta duda. Pero incluso si existiera un cálculo, el acto en sí trasciende la intención. Al rechazar a Rosalía, Adrover establece un precedente incómodo en una industria basada en la transacción y la imagen. Ha convertido una negociación de vestuario en un debate filosófico sobre la complicidad, recordando que en la era del capitalismo global, elegir para quién se trabaja es también una declaración política.
El legado del hambre
Miguel Adrover, el niño prodigio de la moda española que conquistó Nueva York y luego se retiró tras el 11-S, ha vuelto a desaparecer, pero esta vez no físicamente, sino en el sentido kafkiano: se ha retirado a una jaula de principios. Su ayuno no es de comida, sino de concesiones. Su gesto nos interroga: ¿Puede la moda, arte efímero por excelencia, ser vehículo de ética perdurable? ¿Debe el artista sacrificar su hambre de éxito para alimentar su conciencia? En un mundo que premia el ruido y castiga el silencio incómodo, Adrover ha elegido ser el ayunador en su jaula, esperando —quizás en vano— que alguien comprenda que su hambre no es un truco, sino la única forma honesta que le queda de crear.
Rosalía, mientras, seguirá cantando bajo otras luces. La industria, atónita, seguirá su curso. Pero la pregunta, como un eco incómodo, ya está sobre la mesa: en el banquete del espectáculo, ¿quién tiene el estómago para el ayuno?
Yo creo que Rosalía se equivoca, que su hallazgo del misticismo, elevado a categoría de tema y lema, no deja de ser un acto de vanalidad egocéntrica. Y tampoco mezclar la música académica con el pop es una aportación innovadora. Le queda a Lux, además de una factura musical y artística profesional y de calidad, el poder trasmutador de la fama. Es el arte alquímico que la popularidad otorga a los famosos, y hace que sus creaciones sean obras maestras universales, y Rosalía lo usa para elevar lo personal a la categoría de universal, ya no vamos a hombros de gigantes.
https://atlantidafilmfest.com/quien-es-miguel-adrover-el-disenador-de-moda-que-ha-rechazado-a-rosalia/
https://www.nytimes.com/es/2025/08/05/espanol/estilos-de-vida/trump-sydney-sweeney-american-eagle.html
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