Bitácora de un escribidor que sabe a dónde va inevitablemente, y que deja sus huellas nómadas en la arena del ruido cibernético, con estos textos y con la esperanza de que tengan sentido para alguien. Si desde la distancia o desde el olvido lo consigo estaré satisfecho, aunque sólo sea por el placer de expresar, de participar en este circo llamado mundo. También para que mis hijos sepan que su padre ha hecho algo más que consumir recetas, servicios y productos.
2 abr 2025
16 mar 2025
El baile ya empezó
No hay ninguna duda de que el baile ya empezó. Desde que Donald Trump posó su grasiento culo en el sillón de presidencia de los EEUUA, y decidió ser el emperador. El baile del emperador es la gran celebración mundial. Y empezó cuando Trump desacató el mandato de las urnas, traspasando los límites parlamentarios que marca la Constitución americana, despreciando cualquier política, programa o proyecto liberal de índole social de los demócratas. Trump demostró además que es un político que no entiende la democracia, el acuerdo, el debate, sólo es un ignorante fanfarrón jugador de poker. El ve la política como una apuesta maximalista. El que gana la mano se lo lleva todo. Eso hace a Donald Trump un fascista, además es un mal educado al que le gusta humillar a los demás públicamente, y es un abusador sexual que toca a las mujeres en la vulva, mientras reza con la mano en el pecho en las ceremonias oficiales para que el fascismo haga a América grande otra vez, a costa de expulsar a los inmigrantes latinos.
El baile de la guerra ya empezó desde que Trump quiso ser famoso como el pacificador, quiso pasar a la historia como el gran presidente americano que acabó con la guerra. Un personaje sin experiencia diplomática, sin capacidad de escucha, un empresario sin mas conocimientos de política internacional, que una pobre y falseada historia de EEUUA basada en mitologías conservadoras. La gran nación aria, la bondad del capitalismo como motor del mercado y la economía, la victoria de la iniciativa empresarial sobre cualquier infraestructura o servicio público. En la hangiografía de Trump, pondrán que ademas de haber acabado con la OTAN, con sus relaciones diplomáticas con la UE, con varias agencias de la ONU, con sus propios socios comerciales del TLC, México y Canadá, Trump fue una gran diplomático.
El baile desquiciante de este hombre con rasgos evidentes de psicopatía, ya empezó hace tiempo. La pregunta que deberíamos hacernos los europeos y las europeas, es sí queremos bailar en el baile de Donald Trump. Él es quien selecciona la música, la ropa, los invitados y el catering. Estamos en un salón dónde suena una música que en Europa conocemos. Orban la sabe bailar y nos demostró como son los populistas en el poder, sólo que Viktor es un pescadito al lado de Donald. Eso es lo que lo ha vuelto tan peligroso.
Lo mejor será irnos ya de este aburrido baile, cuanto antes mejor, hay que cortar cualquier lazo de unión entre las empresas de este movimiento tecnofacha, que alimentaron a Donald Trump, lo nutrieron de algoritmos y le brindaron plataformas y redes de contactos. Hay que dejar de bailar su apestosa música, dejar de comprar en Amazon, cerrar nuestro perfil de Facebook, no volver por X, y ya ni plantearnos comprar un Tesla, o contratar un satélite de SpaceX, ni un miserable casco de realidad virtual para Meta..
12 mar 2025
11 mar 2025
Dos IA chinas frente a frente por la valoración de Tesla. DeepSeek AI vs Manus AI
Hay una nueva y arrolladora personalidad en el mundo de las IA,
Manus, que está levantando muchas expectativas por una supuesta
especialización para analizar diferentes bases de datos. Yo estoy usando
desde hace semana DeepSeek y creo que Manus, a su lado no tiene mucho
que hacer. En concreto viendo los resultados de una análisis que hace
Manus sobre las acciones y el valor bursatil de Tesla. He bajado su
análisis y lo he debatido con DeepSeek y hemos llegado a estas
conclusiones:
1.- Sobre el optimismo del análisis.
El análisis presentado por Manus IA parece basarse en métricas financieras históricas y proyecciones de crecimiento, pero es cierto que puede ser demasiado optimista en algunos aspectos. Por ejemplo:
1.1.- Valoración actual vs. valor intrínseco:
El análisis sugiere que el precio actual de las acciones de Tesla ($284.65 en el momento del informe) está muy por encima del valor intrínseco calculado, incluso en el escenario más optimista ($240.53). Esto ya indica que el mercado está valorando a Tesla con una prima significativa, lo que podría ser insostenible a largo plazo, especialmente si no se materializan los crecimientos esperados.
1.2.- Presión competitiva:
El análisis no profundiza lo suficiente en la intensificación de la competencia, especialmente de empresas como BYD y Xiaomi, que están ganando terreno rápidamente en el mercado de vehículos eléctricos (VE). BYD, por ejemplo, ya superó a Tesla en ventas de VE en algunos mercados, y Xiaomi está entrando con modelos competitivos y precios agresivos.
2.-Amenazas no consideradas en el FODA de Manus IA:
Tienes razón en que el análisis no valora adecuadamente las amenazas que representan los nuevos competidores y otros factores externos. Aquí hay algunas observaciones adicionales:
2,1- BYD:
BYD no solo es un competidor en ventas de VE, sino que también tiene una ventaja significativa en la cadena de suministro de baterías, ya que es uno de los mayores productores de baterías del mundo. Esto les permite reducir costos y ofrecer precios más competitivos.
2.2.- Xiaomi:
Xiaomi está entrando en el mercado de VE con un enfoque en la tecnología y la integración de dispositivos inteligentes, lo que podría atraer a un segmento de consumidores más jóvenes y tecnológicamente orientados. Su entrada podría fragmentar aún más el mercado y reducir la cuota de Tesla.
2.1-Competidores tradicionales:
Marcas como Volkswagen, Toyota y General Motors están acelerando su transición hacia los VE, lo que aumenta la presión sobre Tesla.
3..- Debilidades no consideradas:
3.1.- Elon Musk y su impacto en la marca: Este es un punto crucial que el análisis no aborda adecuadamente. La personalidad y las acciones de Elon Musk tienen un impacto significativo en la percepción de la marca Tesla:
3.2.-Controversias y sesgos ideológicos: Las declaraciones y acciones recientes de Musk, incluyendo su apoyo a ideas polémicas y su comportamiento en redes sociales, han alienado a una parte de su base de clientes y han dañado la imagen de Tesla como una marca progresista y orientada hacia el futuro.
3.3.-Riesgo reputacional: Musk es visto como un activo clave para Tesla, pero también es un riesgo. Su comportamiento impredecible y sus conflictos públicos podrían disuadir a inversionistas y consumidores, especialmente en mercados donde la imagen corporativa es crucial.
3.4.- Impacto en el talento: Las controversias de Musk también podrían afectar la capacidad de Tesla para atraer y retener talento, especialmente en un mercado laboral competitivo donde los profesionales valoran la cultura corporativa y la estabilidad.
4.-Situación actual del mercado y el rendimiento de las acciones: El análisis no parece tener en cuenta la volatilidad reciente del mercado y los desafíos específicos que enfrenta Tesla:
4.1:Caída reciente de las acciones:
Como mencionas, el rendimiento de las acciones de Tesla en los últimos días ha sido negativo, lo que podría reflejar preocupaciones del mercado sobre su capacidad para mantener el crecimiento en un entorno económico más desafiante (tasas de interés más altas, menor demanda de productos premium, etc.).
4.2.- Presión sobre los márgenes:
Tesla ha reducido precios en varios mercados para mantener la demanda, lo que ha afectado sus márgenes de beneficio. Esto podría ser insostenible a largo plazo, especialmente si la competencia sigue aumentando.
5.-Actualizaciones y consideraciones adicionales:
Para complementar el análisis, aquí hay algunos puntos adicionales que podrían ser relevantes:
5.1.-Transición energética global:
Aunque Tesla tiene una ventaja en tecnología de baterías y energía renovable, la competencia está avanzando rápidamente en estas áreas. Empresas como CATL (China) y LG Energy Solution están desarrollando baterías más eficientes y económicas, lo que podría reducir la ventaja tecnológica de Tesla.
5.2.-Regulaciones y subsidios:
Los cambios en las políticas gubernamentales (por ejemplo, reducción de subsidios para VE en algunos países) podrían afectar negativamente a Tesla.
5.3.-Diversificación de productos:
Tesla necesita diversificar su cartera de productos más allá de los automóviles para mantener su crecimiento. Aunque tienen el negocio de energía solar y almacenamiento, este segmento aún no es lo suficientemente grande para compensar una desaceleración en las ventas de automóviles.
Conclusión y recomendaciones
El análisis de Manus IA proporciona una base sólida, pero es importante complementarlo con una visión más crítica y actualizada. Aquí hay algunas recomendaciones:
1.Revisar el FODA: Incluir amenazas como la competencia de BYD y Xiaomi, y debilidades como el impacto de Elon Musk en la marca.
2. Actualizar proyecciones: Considerar un escenario más pesimista que refleje la presión competitiva y los riesgos reputacionales.
3.Monitorear el mercado: Estar atento a los movimientos recientes de las acciones y a las tendencias del mercado, que podrían indicar un cambio en la percepción de los inversionistas.
4.Diversificar riesgos: Para los inversionistas, podría ser prudente diversificar las inversiones en el sector de VE en lugar de concentrarse únicamente en Tesla.
(Es evidente que una IA no puede solamente, basar sus análisis y evaluaciones en abundantes y profundas inmersiones en bases de datos, se requiere otra habilidad, que no se si las IA pueden ver, estudiar o analizar, sin el apoyo humano.
18 jul 2020
Proporcionalidad
3 oct 2015
- No es posible desmontar todo el sistema.
- Es nuestra capacidad de generar utopías.
- Es nuestra capacidad de convencer. Quien se cree nuestras utopías. Cada vez somos más, sí pero ellos son muchos más que nosotros. Estamos en minoría, en franca extinción.
- Enciende. Vamos a casa.
- Por dónde vamos?
- Por donde siempre.
- Espera cambia la ruta, vamos por la desviación.
- Hace siglos que no pasamos por ahí.
- Conduces tú, que estoy algo cansada. Llevo todo el día de teleconferencias y reuniones. No paré. Encima estuvimos preparando...
- Escucha esto que te preparé para el viaje a casa. Mira es un saxofonista, Dexter Gordon.
- Si está fumando y ahora va a tocar.
- Es como si un rockero de aquellos, saliera al escenario se diera un chute de heroíca y cocaina y luego dieran un concierto. ¿Cuántas veces habrá pasado eso realmente?
- No lo sé. No sé cuanto desconocemos.
- Hay poca luz.
- Es lo que tiene el mundo salvaje.
- ¿ Llamas mundo salvaje a esta zona, a seis kilómetros de la ciudad? Me refiero a que hay poca trnsparencia en los medios.
- Mundo salvaje es todo lo que no está controlado por la red.
- Si claro, como si la red no supiera dónde estamos a través de toda esta parafernalia que llevamos encima. A veces creo que estamos atrapados. Ayer estaba pensando que hace meses que no veo a mis amigas. Sólo nos mandamos mensajes. Me gusta.
- Qué le pasa a este trasto ahora. Mira ese indicador. ¿Frenos?
- No frena bien. Será mejor que intentes detenerlo en la curva.
- Que curva dices. Esto se está lnzando.
- Pon el freno de mano.
- La curva de los gitanos.
- El freno de mano ya está, pero vamos muy rápido.
- En la curva salte a la izquierda. Hay una entrada.
- Mira ahí.
12 jun 2015
en el lugar
en él que soy el más chingón
rap al no se qué
que la niebla de tus ojos
leviatán de la confusión
detrás de tu mirada
muro flamígero
que esconde
un frío y pausado vacío
y mirarte
es verme morir
y sin dejarte
quiero irme
y sin irme
quiero amarte
desearte
acompañarte
cultivarte cada noche estrellada
planta temprana
la de la tercera mirada
la subsanadora del sentido
la tremenda estremecedora
la señora del cerca y
el señor del junto
tus ojos y tu mirar
son mis mares
donde reposo
mi respirar profundo
mi herida mortal
la vida riendo
desde mis adentros
en imparable huída
a tierras de arcilla
amasando vida
con deleite
viviré en esta sonrisa
para siempre
lo sé.
21 abr 2015
LA SIRENITA VARADA
25 dic 2014
LA ULTIMA CONTESTERA DEL CÁCARO DIVINO
La subasta o La petite histoire de Christophe Bouvier
Xamirú vivía en un pequeño asteroide del sistema solar Torio, llamado Miuria. Era un ser reservado e inaccesible, nunca salía de su residencia, la Mansión de las Siete Torres, donde guardaba su mayor tesoro del que nunca se separaba. Por eso cuando convocaba a una de sus fiestas, los invitados llegaban desde los confines más remotos del universo, atraídos por la enigmática personalidad de Xamirú.
Los heraldos de Xamirú eran Silmus alados, una especie de lagartos azules gigantescos, capaces de volar en las atmósferas más letales. Los Silmus ya extintos en todas las galaxias, habían encontrado entre los cráteres de los asteroides de Miuria, su último refugio natural. El amo de aquel desolado mundo había descubierto que los Silmus se alimentaban de un extraño y escaso elemento que extraían de las entrañas del asteroide con sus garras. Estos saurios voladores de Miuria son animales dañinos, capaces de matar con una sola mirada de su ojo izquierdo; además del extraño don de la muerte, estos dragones añiles tienen buena disposición para repetir y recordar cualquier sonido. Su piel dura como el titanio y a pesar de su extremada fiereza y fortaleza, Xamirú logró que le obedecieran como mascotas. Su aspecto como vigilantes para proteger sus propiedades era impresionante, a la par que su fiereza para deshacerse de los enemigos de su amo. No era lo más adecuado para que llevasen las invitaciones a través del espacio, pero Xamirú planificaba sus fiestas con mucha antelación y las invitaciones de la Mansión de las Siete Torres llegaban más allá de los anillos heliogónicos de Torio con el tiempo suficiente para que los destinatarios pudieran asistir. Cuando me visitaron para entregarme el mensaje de Xamirú, evité la mirada ponzoñosa de su lado nefasto. Decidí ir a la fiesta seducido por la fastuosidad del banquete y el espectáculo de la subasta. En mi estado de náufrago de la humanidad la comida y los espectáculos eran de los pocos placeres que me quedaban para disfrutar en este mundo. Todo el sistema estaba tachonado de planetas inhabitables. Por una devastación bélica o telúrica habíamos quedado huérfanos de patria, deambulabamos por todo el cosmos sin rumbo fijo. Llegué al puerto aéreo de Miuria con cierto retraso y mi vehículo descendió escoltado por la fría luz crepuscular a los hangares de la Mansión. Allí vi las naves de los otros invitados. Sobre sus pulidas superficies ostentaban escudos e insignias de Aglanis, de Mohgu-Tan, de Capiria y otras regiones remotas. Algunos como yo, ya no tenían un planeta donde vivir. Los más habían logrado hacerse una residencia en algún asteroide de buen tamaño. Otros sólo teníamos el frío espacio, orbitabamos enganchados a los montones de cinturones de cenizas que danzaban en círculos en derredor del sistema. Los apátridas usábamos como distintivo, la vieja insignia negra con los símbolos dorados y rojos de la casa real de los Torios, antigua dinastía procedente del planeta de Nimente, que antaño había regido todo el sistema.
Caminé hacia la recepción atravesando el enorme estacionamiento. En el trayecto vi varios vehículos especiales, que como el mío ostentaban el escudo toriado en sus carrocerías; a pesar de la espesa bruma verde que emanaba del sistema de ambiente atmosférico y lo desdibujaba todo pintando fantasmas a mi paso. Conocía alguno de estos vagabundos del espacio, eran los incondicionales de los grandes banquetes. Nos habíamos reconocido el rostro en muchos ágapes, a través de los grasientos manteles, disputándonos las bandejas de Tofus de Aglanis, brindando en copas de cristal rojo llenas de vino pontopórico traído en ánforas desde la región de los pantanos y las nieblas azules. Entre ellos abundaban músicos, rapsodas y cuentistas. Conocía sus historias, a todos les había escuchado hasta la saciedad. El repertorio eran las epopeyas sobre civilizaciones perdidas, poemas épicos, sonetos amorosos e incluso chistes crueles sobre la la muerte del sol de Capiria. Unos presumían de ser grandes magos, duendes del tiempo capaces de leer el destino en un plato de comida, confeccionar una carta del futuro astral en la servilleta o relatar las siete vías de la iluminación antes de llegar a los postres. También había algunos guerreros y aventureros sobrevivientes de todas las tragedias humanas. Los inventores y los científicos que arañaban el futuro se aprovechaban de estas fiestas para ofrecer y difundir las maravillas de sus creaciones, poniendo precio a la eternidad y a la belleza. Abundaban los comunicativos prestamistas, siempre rodeados del corrillo de vendedores de naves y de los anticuarios de objetos valiosos. Ladrones de tumbas y comerciantes de todo cuanto sea posible de imaginar. El anfitrión poseía una considerable fortuna y el caso era hacerse escuchar, atraer la displicente atención Xamirú, contando historias inverosímiles, chismes escandolosos que provocaran sus ataques de risa histérica o al menos su curiosidad. Hacerse notar, brillar entre tanta luminaria tesorera de leyendas primigenias, era el objetivo de muchos de los que asistían a la fiesta esta noche. Todos pulían su ingenio para estas ocasiones. Mientras escuchaba el eco de mis pisadas en el frío suelo del hangar iba repasando sus nombres. Estaban las lujosas naves del séquito del príncipe Gargol y más allá el destartalado navio de mi único amigo en esta fiesta, Guarnerio el trashumante. Al llegar al elevador vi el planeador espacial del viejo Terencio de Aldebarán, el último testigo de la explosión de Nimente. Siempre contaba aquella historia de cómo se salvó de la tremenda lengua de fuego que lo persiguió en su nave por tres sistemas solares, alcanzando velocidades de más de 500.000 kilómetros a la hora, hasta que llegó a la galaxia de Kuris. Algunos de ellos no usaban transportes convencionales, como el misterioso Doulos Oukón, Comandante Espuela del Gallo Solar de los Abraxas, que llevaba tres mil eones buscando por todos los reinos de la materia a su amada Helena Ukusa, desterrada por los hierofantes a uno de los planetas menores. Vagabundos, príncipes del sol, escritores hambrientos, profetas sin iglesia y aventureros ya ancianos venidos de todos los mundos de la constelación de Kuris, habían arribado a aquel pequeño asteroide del sistema de Torio, para gozar de una velada inolvidable, alumbrados por la luz verde de una de las lunas de Miuria.
Según entraba en los recintos y los pasillos de la Mansión pensé que mi caso era de los peores. La vida no me había concedido ningún don sobresaliente como orador, mis aventuras se limitaban a las largas y solitarias jornadas de exploración ocular, en la base astronómica de Fobos, en el cinturón orbital del lejano Marte. No era lo que se dice un espécimen interesante, sin embargo era invitado a todas las fiestas de esta parte de la confederación toriada. Resultaba muy curioso para los súbditos torios, conocer al último sobreviviente de otra raza. Sentado a la mesa, entre tanta criatura escamosa, alagartada y multifacética, llamaba poderosa la atención mi rostro humano. A Xamirú le gustaba tenerme entre sus invitados, aunque sólo fuera porque era el único sobreviviente del planeta Tierra.
Yo, Christophe Bouvier, era un insignificante científico abandonado en una observatorio astronómico del sistema solar. Mi función era estudiar la actividad de los agujeros negros; otros se encargaban de los cometas y los vientos solares, para reportar a la tierra los posibles cambios climáticos que pudieran afectar a la agricultura, a las cosechas y por ende a la alimentación. Me inscribí en el proyecto de la FAO, porque me fascinaba, casi como a un niño, el misterio de los hoyos negros. Me atraían como imanes.
Teníamos el observatorio instalado en el satélite Fobos en la órbita de Marte, lugar de atmósfera irrespirable pero cristalina, perfecta para ver los cuerpos celestes. Eran las fiestas de diciembre del 2,100. Aquel año me había tocado en suerte quedarme de guardia, para vigilar los registros del gran telescopio electrónico, mientras los demás científicos regresaban a la Tierra, a pasar la Navidad con sus familias. Ella también se fue.
Desde allí observé, lleno de rabia e impotencia, la gran hecatombe. Todo aquello parecía una broma del destino. Un microorganismo capaz de combatir el cáncer, había sido fabricado genéticamente. El 23 de diciembre, los biólogos del Instituto Pasteur dieron teleconferencias a todo el sistema solar, para informar a la comunidad científica interplanetaria de su fascinante descubrimiento: La humanidad venció al cáncer. El virus que habían sintetizado devoraba el oxigeno que tenían las células cancerosas y así detenía la terrible enfermedad. Yo saboreaba un poco atónito aquel regalo de Navidad; mientras pensaba irónico, en los millones de "Gauloises" que mis ancestros bretones habían fumado, para contribuir al cáncer de pulmón, sin éxito. Lo celebré abriendo una de las dos botellas de champagne que tenia reservadas para la cena de Nochebuena, la otra nunca la llegué a tomar. Brindé frente a los monitores y los instrumentos, por el triunfo de la ciencia sobre la muerte. Acabé ebrio en mi sillón, cantado una antigua canción de escocesa, sobre la consola de instrumentos.
Me desperté temprano el día de Navidad, con una jaula de grillos en la cabeza y una tormenta de ácidos en el estomago. Hice unas lecturas de rutina sobre la mesa de los 666 agujeros negros, que observaba sin piedad todos los días desde hacia seis años y me dormí hasta las doce. Me disponía a almorzar, cuando llegó un mensaje urgente de la oficina central de FAO en Roma. La cara lívida del Director General apareció en la pantalla. Se veía excitado, sus palabras eran una atropellada hilera de aturdimientos verbales, sobre una tragedia sin precedentes. El microorganismo que cura el cáncer, se hallaba fuera de control, desde aquella mañana. Un estúpido error en el transporte; cuando enviaban unas cepas a las ciudades del norte de América, provocó la rotura de la caja de Petri que lo contenía y se escapó libremente a la atmósfera. Al entrar en contacto con el aire, su metabolismo enloqueció con la presencia del oxigeno, por él que tenia una avidez desmedida. El laboratorio biomédico estaba evaluando los efectos que esto tendría. Me advirtió sobre los daños de una epidemia por la esporación generalizada del virus, esparcido por los vientos en todo el planeta. El asunto era serio, le prometí estar al pendiente de los movimientos eólicos e informarlo cuanto antes de los cambios climáticos. Aunque la estación meteorológica me pareció el sitio menos apropiado para controlar una epidemia viral, los mantuve enterados del clima, como si fuese un parte de guerra.
Las noticias de la Tierra eran amenazantes. El organismo se reproducía a razón de 20.000 veces por segundo; al principio no comprendí el peligro que extrañaba, pero conforme pasaron los días vislumbré su verdadero alcance. Era capaz de soportar temperaturas entre 70 y menos 10 grados centígrados; para él toda la tierra era buena. La capacidad de combustionar oxígeno en su complicado metabolismo era inagotable y sus esporas diseminadas como polvo por el viento, fueron esparciendo la muerte.
La pesadilla pronto se extendió por todo el continente americano. Una semana después había llegado a Europa y recibí en el observatorio los primeros reportes sobre la escasez de oxígeno en los Alpes suizos. Probaron controlarlo con armas químicas, pero todo fue inútil, su velocidad de reproducción lo hacía invencible, era más rápido que cualquier veneno.
El 8 de enero las noticias daban a conocer al mundo los primeros casos de muerte por asfixia. En todo el planeta se marchitaban las plantas, los animales caían extenuados al menor esfuerzos, para luego sucumbir por falta de oxígeno, en una agonía espantosa. Las personas se desplomaban por las calles, las ciudades estaban llenas de cadáveres sin enterrar, en los colectivos, en los edificios aparecían sus rostros amoratados. Tenían los ojos abiertos con la mirada fija en el infinito y sus lenguas hinchadas y negras asomaban por la boca, en una mueca atroz. Nunca vi nada tan horrible.
En los países independientes de Texas y California, antes parte del antiguo imperio de los Estados Unidos, los científicos y los líderes se encerraron en refugios atómicos, en submarinos y en naves espaciales, pero cuando el oxígeno de sus tanques se acabó, sobrevino lo inevitable. Los hombres habían alterado el delicado equilibrio ecológico del planeta y pagarían muy caro aquel error. Yo observaba cómo agonizaba la Tierra, sin poder hacer nada, desde mi cúpula sagrada, a más de novecientos millones de kilómetros de distancia.
El treinta de enero del año 2.101, la señal de la oficina central de la FAO en Roma no llegó a la estación. Busqué comunicarme, en vano durante toda la mañana, recorriendo todas las sintonías del radial. Aquella señal por seis años había sido la única comunicación con mi familia, con la cultura y con el mundo de los hombres; ahora la Tierra había enmudecido para siempre. Ella también habría muerto seguramente. Aquel día fue el más triste de mi existencia. Estaba definitivamente solo, en medio del espacio, en una aséptica y desolada estación astronómica en Fobos, satélite de Marte en el seno de la nada.
Los primeros días no podía creer la crueldad que el destino me había jugado. A diario radiaba con el láser mensajes a la Tierra, que se perdían en el vacío y nunca recibía respuesta. Conforme pasaba el tiempo abandoné mis estudios y mis observaciones de los cielos. El misterio de los hoyos negros dejó de interesarme; la ciencia me deprimía. Me dediqué al ocio para no pensar en mí, ni en ella. Pronto acabé con todos los libros de la biblioteca electrónica; no quise leer Robinson Crusoe. Supervisaba la planta de energía constantemente y cuidaba con esmero el huerto hidropónico. Por último jugué al ajedrez con la computadora. Las partidas me abstraían en un principio y llegué a olvidarme de todo por un tiempo pero, luego de vencer a mí oponente transistorizado diez veces seguidas; ya sin interés, caí en un profundo estado depresivo.
Deambulaba por la base llorando desconsolado, a veces me dejaba caer al piso y quedaba tirado horas mirando mis manos. Mi llanto duró días, tal vez semanas, nada me sacaba de aquella postración, la idea de ser el último hombre, era insoportablemente cruel. El suicidio acechaba mis horas de debilidad; pero los breves momentos de ilusión, en que anidaba en mi la vana esperanza de encontrar algún sobreviviente de la Tierra, alejaban de mi mente aquella salida. Aunque estaba acostumbrado a la soledad, la idea de estarlo para siempre se me hizo insoportable. Cuando ya no pude más decidí abandonar la base.
Era el 28 de febrero del año 2,101. Subí a mi nave los objetos más imprescindibles y las provisiones necesarias para un largo viaje; no olvidé mi última botella de champagne, la que guardaba como un amuleto, y preparé mi partida. La posibilidad de encontrar algo o alguien, en medio de las grandes distancias intergalácticas, era de una entre un billón, sabía que aquel viaje era mi suicidio. Me despedí de la base astronómica FAO XX1; con una extraña ternura vi empequeñecerse la que había sido mi casa durante seis años, mientras mi vehículo se sumergía en la negrura abismal del espacio. Aunque no pensaba regresar, anote en mi bitácora la ruta de vuelo. La visión del cosmos salpicado de estrellas rutilantes y lejanas, me tranquilizo.
No sabía a donde ir. Vagué sin rumbo dando vueltas a los últimos planetas del sistema solar, pronto las sombras negras de Neptuno y Plutón quedaron atrás. Conforme me adentraba en la inmensidad, una atrevida idea surgió de mi interior: explorar un hoyo negro. Durante diez años los había observado, visto, medido y analizado, pero nunca tuve un conocimiento concreto de lo que eran; puras hipótesis de física astronómica. Yo quería ver, tocar uno. La nave no tenía energía para un viaje tan largo, pero si lograba acércame lo suficiente a él, su enorme campo de atracción haría el resto. Estaba decidido a morir con la magnífica visión del centro de un hoyo negro grabado en mis pupilas. Había localizado uno muy cerca de Alfa Centauro. Para llegar a él necesitaría diez años. Me conecté al sistema de hibernación que regula las funciones vitales en los viajes intergalácticos, mientras yo inhalaba el gas sicotrópico que alarga el periodo MOR, hasta donde acaban los sueños. La computadora corregiría el rumbo y seguiría el programa de navegación los próximos diez años, mientras yo dormitaba. El tiempo se hacía eterno en la espera del sopor; hibernar es como morirse.
Acostumbré mis ojos a la luz interior. Desperté entumecido y sediento, y me dispuse a observar mi hoyo negro que no debería estar lejos, luego de aquel largo viaje de diez años luz. En efecto, allí estaba, en medio de un gigantesco remolino de planetas colapsados, estrellas sin luz y cometas errantes que danzaban en su derredor y se hundían en la negrura de su centro. Era más impresionante de lo que jamás había imaginado desde mi pequeño radiotelescopio. Su poder de atracción era inmenso. Sistemas solares completos con planetas, satélites y asteroides desfilaban lenta e inexorablemente hacia él; al principio despacio, majestuosos, luego aceleraban sus órbitas elípticas y se hundían vertiginosas y espirales en la nada. Algunas dejaban atrás un reguero de luz y polvo estelar. Allí estaba yo, en medio de aquel espectáculo sideral; único sobreviviente de una raza perdida, viendo un hoyo que se tragaba pedazos del universo. Tenia un solo camino que escoger. La nave apenas tenia energía, pero la atracción del hoyo empezaba a notarse. Caía hacia él, despacio y maniobraba con cierta elegancia, esquivando los pequeños meteoros y las escorias siderales. Al cabo de una hora de navegar, entre aquellos sargazos minerales, la aceleración se hizo muy fuerte. Conecté el campo de fuerza y me dispuse a disfrutar de mi holocausto. Lo que pasó después, es para mi inexplicable. Vi una tormenta de estrellas, un huracán de luces y un torrente de cuerpos gigantescos lanzándose a velocidades imposibles hacia un agujero del tamaño de una pelota de ping-pong. Lo cuerpos, parecían licuarse al acercarse al centro del remolino cósmico. Yo iba en ese río desbocado a fundirme con lo desconocido. Las luces se convirtieron en rayas por efecto de la aceleración. Tuve miedo y cerré los ojos. Mientras apretaba los párpados escuché una chirriante vibración que lo sacudía todo. Luego perdí la noción del tiempo.
Un extraño silencio me despertó. La nave flotaba en medio del espacio. No se veía el hoyo negro; en su lugar una pequeña estrella brillante, irradiaba su luz cegadora. Del centro salían despedidos cuerpos velocísimos que se alejaban hacia los confines de aquel sistema. Miré alrededor y no reconocí donde estaba. Sólo tenía una lejana noción de haber atravesado el pozo negro, y eso me parecía la única explicación satisfactoria. Con el poco combustible que me quedaba y procurando evitar los veloces cometas que despedía la estrella, me dirigí hacia un brumoso grupo de planetas. Era la constelación de Kuris, en la inconmensurable galaxia de Aurán, y entre aquel cúmulo de incontable de luces, estaba el sistema solar de Torio, mi nuevo hogar. Allí encontré seres y civilizaciones sorprendentemente amigas y sociables. Aunque su forma era bien distinta de la humana, aprendí a convivir con ellos; con el tiempo no me producía repugnancia, ni rechazo, su piel escamosa, sus varios ojos tentaculares o sus continuas salivaciones verdes, de lo que serían unas fosas nasales. Había llegado a Miuria, el pequeño asteroide del sistema Torio, hacia tres años. Aquí conocí a Xamirú el señor de la Mansión de las Siete Torres, y a otras extraños personajes que habitan en esta esquina dimensional del universo, detrás de los hoyos negros, más allá de los últimos cuasares. Aquí, en este zoológico demencial, perdí toda esperanza de encontrarme otra vez con lo humano. Pronto me hice famoso entre los habitantes de los distintos planetas toriados por mi extraña cara con dos únicos ojos.
Era costumbre entre los torios coleccionar seres, cuentos y objetos fantásticos y raros. En toda esta parte del pluriverso se hablaba de la fantástica colección de objetos y cosas; que luego de deambular por mil eones, descansaban en las vitrinas del museo particular de Xamirú. Su dueño no era un hombre sensible al arte, más bien era un acumulador compulsivo de las anécdotas y de las cosas. Habla pagado grandes fortunas por adquisiciones caprichosas. Su colección abarcaba desde los futiles objetos cotidianos, hasta las grandes obras de artistas famosos de todos los sistemas de la galaxia Albar. Su satisfacción era más grande cuando adquiría objetos vulgares, pero difíciles de obtener. Lo único, lo irrepetible encerraba para Xamirú un tesoro y despertaba en él la pasión del deseo. Nunca compraba nada, sin antes escuchar la historia del objeto durante la subasta pública que él mismo organizaba para recreo de sus invitados y amigos. Había ocasiones en que pagaba fortunas, más por lo ingenioso de la historia, que por el valor intrínseco del objeto. Esta era la única ocasión en que sus invitados podíamos ver y oír tales prodigios. Luego de la adquisición, el objeto y su historia escrita eran colocados en su museo privado en los infinitos salones de las Siete Torres. A nadie le estaba permitido visitar la colección, donde cien Silmus alados custodian siempre alertas los tesoros de su dueño. Nunca supe por qué, el coleccionista nos permitía ser testigos de las extrañas transacciones que realizaba. En el gran salón de los Abraxas, Xamirú recibía a los comerciantes que llegaban desde los confines de las constelaciones más efímeras, trayendo consigo los materiales y las formas más sorprendentes y curiosas que yo haya visto jamás. La fama de su riqueza y lo espléndido que era en el pago de sus compras, atrajo a los anticuarios de todo el universo. Vendedores de objetos robados, ladrones de tumbas y mercaderes de lo imposible, llegaban al asteroide de Miuria con la sutil esperanza de colocar su mercancía en los codiciados anaqueles. Nadie se había atrevido a ofrecer a Xamirú una falsificación o una pieza que no fuese única, su genio colérico, además del prudente juicio de su vidrioso primo Humbar, eran más que suficientes para alejar a los timadores. Al finalizar los banquetes, se iniciaba la subasta, los invitados disfrutábamos del ingenio de los tratantes para despertar el interés y la codicia del dueño de aquel singular museo. Yo por un tiempo fui coleccionando en la memoria algunas de aquellas interesantes historias, aunque a Xamirú no le gustaba que guardásemos ni en el recuerdo, lo que consideraba lo más preciado de sus objetos: su historia.
Aquella noche llegué tarde al gran salón de los Abraxas y el banquete había comenzado. Fui a saludar al anfitrión, que extendió por encima de la mesa de honor, dichoso uno de sus tentáculos anillado con gemas traslúcidas. Igualmente, saludé de mano a su primo, que era también su consejero, al que todos llamaban: el Humbar de Xamirú. Este era una especie de ser cristalizado, delgado y esbelto; una articulada mantis de cuarzo. Luego de repetir los acostumbrados formalismos, me dirigí a mi lugar, mientras iba saludando con la cabeza a los comensales de las mesas vecinas. Me senté entre un alto visir calamar, viscoso y lleno de tentáculos; y una dama bastante habladora con pinta de murciélago, medio pariente de las ardillas aladas con colmillos de jabalí, que viven en las arboledas anaranjadas de Capiria. Todo es extraño en la casa de Xamirú, el amo de los Silmus alados.
Había en el menú Tofus de Aglanis escarchados en salsa Mapiar, mi platillo preferido. La comida de Miuria es demasiado colórida, uno se pierde en una maraña de especies alcanforadas y aceitosas. Por eso yo había decidido, luego de varios recorridos culinarios por los cientos de recetas que tienen, pedir solo una orden de Tofus. Lo malo de la gastronomía miuresa, no era mi paladar terrícola y desacostumbrado, sino sus pésimos vinos; por llamar de alguna manera a estos líquidos perfumados hasta embrutecer, espesos y polvosos, que acompañan las comidas. Los vinos eran de mi peor estima. Me acordaba de mi única botella de champagne, como una joya preciosa que esperaba, en la caja de la herramienta de mi nave, que llegara su día.
¿Qué dirían los sibaritas señores toriados de mi vino espumoso? Arrancaría más alabanzas, estoy seguro, que los relatos del sifú Guarnerio el Trashumante. Mi delicioso champagne francés, le vendría mejor a los Tofus, que este jarabe para la tos, que además se sube a la cabeza como un demonio.
El visir calamar ya estaba borracho, sus tentáculos se mecían sobre el mantel como ramas sin orden, ni concierto, con peligro de cristales y platos. La dama de mi izquierda, que ya descubrí no es murciélago sino vampiro sorbe con devoción unos Fofiños sangrantes de las islas de Mohgu-Tan. Los murmullos crecieron con el consumo alcohólico, y al final de la cena, de las voces llegaron a los gritos. La dama vampiro no cesaba de hablar de la calidad de los Fofiños y de sus experiencias liberales; mientras hundía su pardo hocico en el plato enrojecido por los jugos vitales. Murmuraba, entre gorgojeos y espumarajos sanguinolentos, los actos libidinosos de una orgía en la que participó con setenta ratas vampiro, en los oscuros lagos subterráneos de las cañerías de Mohgu-Tan, e insinuaba entre eructos pomposos, contar peores relatos. En los postres empecé a desesperarme y anhelaba la llegada de la subasta. Por fin Xamirú dio la orden y se hizo el respetuosa silencio.
Estábamos acostumbrados a ver desfilar a seres de las más variadas y disímbolas condiciones y orígenes. Pero la presencia en el salón, de aquel que llevarla en las sienes la mitra toriada, nos impresionó a todos. Terencio de Aldebarán, el legendario mago de los soles rojos procedente de las Pléyades, hizo la presentación del joven heredero Gargol y del objeto que venia a vender. Parecía que el Príncipe Gargol de Nimente acababa de llegar de una lejana expedición más allá de los límites conocidos y traía ante Xamirú a un extraño ser, distinto de todos los conocidos bajo el sol Torio. El joven Gargol habló; con sus fauces de batracio masculló la historia del sorprendente animal que habla cazado. El asunto llamó poderosamente la atención de todos los que estábamos bajo la cúpula dorada el salón de los Abraxas. Un bulto cubierto de tela verde fue traído junto al príncipe crotálico para confirmar su odisea. Gargol dijo que penetró a un mundo a través de un hongo, que lo condujo a otra dimensión, donde vivían extraños seres, que sólo podían ser vistos cuando dormían. El acechó el sueño de una de estas criaturas y la capturó para traerla a nuestra dimensión. Me pareció injusto que Gargol trajese a Miuria a otros seres contra su voluntad. El siguió el relato, exagerando los peligros que sufrió en su aventura por el mundo del hongo. Más deleznables todavía me parecieron las exageraciones del aristócrata para encarecer su mercancía, ya que todo lo que dijo sin duda era falso.
Por fin brillaron los tres enormes ojos del anfitrión, la historia del cazador habla despertado su atención. Entonces su primo, Humbar de Xamirú aprovechó para hacerle uno de sus acostumbrados secreteos al oído, acompasado de un movimiento mecánica de sus prismas superiores. Xamirú dijo que ya era tiempo de conocer al extraño ser. Gargol le respondió, que por ser única, tenía un alto precio, que seguramente tan generoso anfitrión podría pagar. El espectáculo no era gratis. Xamirú asintió. En medio de aquella algarabía de seres reptiles, abatraciados, ratas hocicudas y pulpos libidinosos; algo indefinible flotaba en el ambiente y me traía el dulce recuerdo de la Tierra. Gargol se volteó y descubrió a la cosa. Una exclamación como ola recorrió las mesas del banquete. El monstruo quedó desnuda ante nosotros. Con su vista recorrió las caras, con un gesto de terror pintado en los labios. Cuando llegó a clavar sus ojos en mi, sentí que estaba totalmente quieto y frío. Mil años no bastarían para borrar aquel momento de mi mente. De mis ojos brotaron las lágrimas, como dos ríos de un cauce eterno. Era ella. ¿ Quién sabe cómo ? Pero estaba allí, desnuda y asustada en medio del salón. No volteó el rostro para ver el resto de los presentes. Con la voz más clara que escuche en mi vida gritó. Su grito latió en mis oídos, chocó en los cristales rojos, en los vinos pontopóricos y con mil ecos resonó por todo el salón...
¡Como late ahora mi corazón mientras corro hacia la nave! Mis pasos resuenan en la oquedad del hangar.
Arriba en el salón quedó el ensordecedor murmullo de los invitados. Todos comentarían este banquete, y el por qué yo me había levantado interrumpiendo la subasta; gritando que aquello era una estafa pues ella, la mujer, no era el único ser de la especie humana, ya que yo era de su misma raza. El salón atronó con mi intervención. Humbar de Xamirú levantó su monumental cristalería del sillón y reclamó silencio. Con timbres aflautados recriminó a Gargol y agradeció mi intervención para aclarar el engaño. Pero los ojos de Gargol no hablaban de agradecimiento. Le había estropeado la subasta, lo que era algo más que desastroso. Xamirú cayó preso de un ataque de indigestión y devolvía trozos enteros de Tofus capeados. Me impuse a la vorágine con palabras impropias de un buscador de hoyos negros y dije que habría subasta, porque yo proponía al Príncipe cambiar a la mujer por mi botella de champagne. Gargol sonrió irónico pero levemente extrañado, mientras yo le hablaba de la posibilidad de poseer una deliciosa bebida única en esta parte del universo. Le hablé de las uvas, de las largas sesiones de fermentación en la obscuridad de las cavas, de la tradición antiquísima de este vino y de su rareza. Les conté de la lejana Francia y de los efectos alegres que producía beber este néctar espumoso, poblado por burbujas doradas, como el resplandor de los atardeceres en Nimente. Hablé de su sabor delicado y fresco, tan rara y apreciada como una joya única. Por fin Gargol aceptó, y salí corriendo por el champagne.
Ahora pienso que nunca voy a llegar con la botella al salón de los Abraxas, donde está ella esperando... este hangar es demasiado largo... y esa niebla verde que me hace ver fantasmas, aparece otra vez...
Alzo los ojos y ... la veo sonreir, está frente a mi.
Su rostro aparece en la fría pantalla del observatorio astronómico de la FAO en Fobos.
Es un mensaje navideño desde la Tierra para mi.
-Feliz Navidad Babú.
Perplejo miro el reloj, es el 25 de diciembre del año 2,100.
Omar Fernández Ramos
TEPOZTLAN 27-07-86




Confieso que he deseado que un inepto como Donald Trump llegase a ocupar la presidencia de USA. Era la única manera de dinamitar el sistema capitalista. Un personaje así sería capaz de poner en práctica la dictadura neoliberal en todos sus excesos. Sólo un desquiciado hipócrita como Trump puede acabar con los derechos de las minorías que no se arrodillan ante su gobierno. Si has perdido tus derechos porque eres una minoría, ya no podrás rebelarte, porque el nuevo matón de barrio si lo haces te encerrará, te desterrará de tu país y te expulsará de tu propia casa. Es que eres pobre. Es entonces cuando comprenderás que es la lucha de clases. Una guerra encubierta sin frentes militares, pero con muchos muertos. Ya podemos decir, sin miedo a equivocarnos que estamos asistiendo a la muerte de la libertad, al menos tal y como la conocíamos y la disfrutábamos, en todo su esplendor. La libertad alcanzada en Europa fue el fruto de un largo debate entre muchos países, muchos idiomas, muchas culturas y religiones, muchas democracia, transparencia y tolerancia. Esos son nuestro valores. Nada de grandezas y supremacías, en Europa hemos optado por mucha flexibilidad y mucha solidaridad. El mundo necesita otro Estados Unidos de América, y para eso este tenía que morir. Morirá de cometer estupideces, de cometer injusticias, de errores y fallos ajenos a cualquier calidad en los procesos, o en los métodos. Trump es el arrogante que ignora su propia vanidad. Se cree un ser superior y se comporta como un emperador, al igual que su amigo Vladimir Putin. Pero lejos de poder demostrar su altanería en la gestión pública con éxitos destacables; como la vanidad es la creencia excesiva en las habilidades propias, o en la atracción causada hacia los demás; cometen errores, porque no son tan eficientes, porque han sobrevalorado sus conocimientos y sus habilidades y la gente ya los empieza a conocer y a despertar del hechizo hipnótico de su cara naranja. Y por otro lado han ocultado sus actitudes, en un acto camaleónico de hipocresía. Basta ir a la hemeroteca para escuchar a Donald Trump decir, que a las mujeres hay que tocarles la vulva sin pedir permiso, o que podría asesinar públicamente a alguien de un tiro y la gente seguiría votándolo, mientras agacha la cabeza para orar en una misa católica. El Ku Kux Klan ha llegado al poder. Estos monstruos que luego rezan a un dios que los perdona son los que acabarán con la libertad, si los dejamos.